La huelga de conciencia

En estos días atrás se ha convocado una huelga general en la enseñanza, para protestar por el denominado Decreto 3+2 y otras actuaciones, pasadas o anunciadas, de este Gobierno. No voy a valorar aquí estas acciones, sino la actitud frente a la huelga en, al menos, la universidad de mis sudores. Evidentemente, no me refiero al comportamiento de todos los componentes de los distintos colectivos universitarios.

Una vez convocada la huelga, la autoridad competente (supongo que el Sr. Gerente) establece los servicios mínimos para los miembros del colectivo de PAS; si miembros de este colectivo no concurren a su trabajo, como su asistencia se controla mediante un reloj de fichaje, se dictan las resoluciones correspondientes (deducción en el sueldo por las horas no trabajadas).

¿Y en el profesorado? Se les pide a los directores de los departamentos y éstos así lo trnsmiten al profesorado del mismo, que “informen de las incidencias que tengan lugar en relación al cumplimiento de los servicios del Departamento  y si se unen a la huelga y no acuden a su puesto de trabajo.”

Es decir, es el propio profesor el que debe informar si es él mismo el que no acude a su puesto de trabajo. Se supone que con esa información, remitida por el propio interesado al director de su Departamento y por éste al Rectorado, se tomarán las medidas legales oportunas.

Bueno, yo no sé si uno está obligado a efectuar declaraciones que puedan perjudicarle (si te sumas a la huelga se supone que te descuentan parte de tu salario por las horas no trabajadas) o esto es sólo válido en sede judicial.

Entonces surge lo que he denominado en el título como huelga de conciencia. Aprovechando que los profesores pueden no tener clase todos los días de la semana (aunque deben acudir a su puesto de trabajo para cumplir con sus obligaciones de investigación, de acuerdo con su régimen de dedicación), pues uno se queda en su casa, sin comunicar que se suma a la huelga. Como no hay ningún tipo de control horario sobre la concurrencia del profesor a su puesto de trabajo, pues uno no sabe si el que ese día falta es porque se ha sumado a la huelga o porque simplemente le ha dado la gana. El individuo es posible que luego clame por los pasillos que se ha sumado a la huelga, pero convenientemente ha olvidado comunicarlo para, quizá, que no le detraigan nada de su sueldo. ¿Ha hecho huelga? Para la administración, para su empresa, para el Sr. Ministro, pues no, dado que no ha comunicado su adhesión a la huelga y nadie ha controlado si ha acudido a su puesto de trabajo. Para él mismo sí, se ha puesto el disfraz de huelguista, se ha puesto frente al espejo de su cuarto de baño y se ha repetido “estoy en huelga, estoy en huelga, estoy en huelga”. Y dicho esto ha salido a dar un paseíto al sol (que en estas fechas se agradece), o se ha vuelto a la cama o se ha ido de rebajas, o a regar las macetas, o a la pelu o qué sé yo dónde.

¿Y quién se ha enterado de que ha hecho huelga? Pues él y su conciencia, porque los demás ya lo conocen y no le hacen ni puñetero caso.

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