Paraísos soñados

Alberto y Beatriz formaban una pareja aparentemente perfecta: abogado de un prestigioso bufete él, jefa de servicio hospitalario ella; vivían en una lujosa urbanización, su casa rodeada de bosques cerca de una gran ciudad alemana. Su hijo, Carlos, casado con una joven de la alta sociedad, Diana, regentaba una empresa de importación-exportación de alimentos y productos orientales y la hija, Eufemia, estaba finalizando sus estudios de economista en la universidad de otro land próximo. Carlos viajó al lejano oriente para revisar los contratos con algunas compañías que le suministraban productos y, una vez allí, entabló un romance con Fernanda, la hija de un conocido personaje local, Germán. La cosa iba a más y decidió vender toda su participación en la empresa y quedarse a vivir allí. Esto le causó serios problemas, pues su mujer, Diana, no estaba dispuesta a dejarlo ir así como así, por lo que se presentó súbitamente en Oriente y le montó un pollo impresionante a Carlos, el cual no sabía dónde meterse. Sus padres, Alberto y Beatriz, tampoco estaban muy contentos con él y fue su madre, Beatriz, la que emprendió también viaje para tratar de hacerle comprender de lo inadecuado de su decisión.

Pero las cosas no salieron como la familia esperaba y fue Beatriz, al llegar al lejano país, quien, a su  vez, cayó enamorada y rendida a los pies de Héctor, un fornido indígena que trabajaba como mayordomo de Germán. Alberto empezó a olerse algo cuando las llamadas de Beatriz se espaciaron lenta, pero constantemente. Decidió también viajar a Oriente, pero antes de poder hacerlo, en una llamada telefónica recibida de madrugada le informaron que su hija Eufemia, que estaba realizando una estancia de varios meses en una prestigiosa universidad de la costa este de Estados Unidos, había sido raptada por una banda latina y, tras ser violada, había sido abandonada, herida y muy maltratada, en una carretera de montaña en el interior del Estado en el que estaba esa Universidad. Decidió que, dado que su matrimonio estaba haciendo aguas de forma que parecía irreversible, era para él más importante en ese momento su hija, por lo que tomó un vuelo a Estados Unidos, donde su hija ya estaba siendo atendida en uno de los hospitales de referencia de la zona. El encuentro fue muy emotivo y Alberto lo pasó muy mal, por todo lo que se le caía encima: la agresión  a su hija y el desmoronamiento de su matrimonio y el de su hijo; afortundamente su hija seguía viva, pero las previsibles secuelas que iba a sufrir parecían insuperables. Llorando en el pasillo del hospital, se le acercó una de las enfermeras, Irene, quien le consoló y acompañó a cenar, cuando sus obligaciones profesionales y el cuidado de Eufemia se lo permitían. Irene era madre soltera de un niño de unos siete años, Juan, que enseguida le cayó bien a Alberto; el cariño era mutuo, y correspondido también por su madre, Irene. Es obvio, como usted, querido lector espera, que Irene y Alberto se enamoraron, pero Alberto no se atrevía a contárselo a Eufemia, que también desconocía el affaire de su madre con Héctor en el otro extremo del mundo.

Así las cosas, Alberto decidió por fin, cuando su hija Eufemia se encontraba ya mejor, irse a Oriente, en donde mantuvo una seria discusión con Beatriz en presencia de su hijo, Carlos y de la amante de éste, Fernanda. Tratando de mediar, Germán recibió un fuerte empujón de Alberto, con tan mala suerte que al caer se golpeó en la base del cráneo con una mesa de cedro, adornada con cristales de malaquita y cuarzo citrino. Como consecuencia del golpe falleció casi en el acto, lo que llevó a la histeria a Fernanda, quien, cogiendo una pistola que siempre llevaba Héctor, por su papel de guardaespaldas, disparó y mató en el acto a Alberto. Beatriz comprendió entonces lo equivocada de su actitud y tratando de quitarle el arma a Fernanda, no pudo evitar recibir un disparo de ésta. Afortunadamente y gracias a que Héctor la llevó inmediatamente al hospital, pudo sanar de sus heridas.

Meditando en el hospital antes de ser dada de alta, comprendió que todo había sido culpa suya, por lo que decidió abandonar a Héctor y volver a su país. También Diana se dió cuenta de que lo que había entre Carlos y Fernanda ers indisoluble y ella, que se había casado con Carlos porque simplemente lo conocía de pequeño y las familias de ambos mantenían muy buenas relaciones, decidió tambien volver a su casa. Ninguna de ellas sabía de la existencia de Irene ni de Juan, ni, por supuesto, del hijo que concibió Irene de Alberto y al que, cuando nació, decidió ponerle por nombre Sigfrido.

¿Les parece un folletín? Pues no, es simplemente la fuente de inspiración de los guionistas de los telefilmes de primera hora de la tarde del fin de semana en casi cualquier cadena de la televisión española.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en De todo un poco y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s