La paella del santo

El pequeño pueblo (escasamente un millar mal contado de habitantes) honraba en sus fiestas anuales a cierto apóstol matamoros. En los últimos años el número de actividades con motivo de las fiestas había disminuido progresivamente, pero se mantenían tres insustituibles: la misa, la discoteca móvil y la paella.

Así, en la mañana del día del santo, todos los meapilas y beatas (cada vez menos) se reunían en la iglesia (utilizado también uno de sus salones como colegio electoral, a pesar de las continuas protestas de los partidos ateos) para celebrar la misa, seguida de un paseo al santo en su peana por las calles (callejas de polvo y tierra, como cantó el poeta) acompañado de los fieles, el alcalde y la corporación municipal en pleno y la cada vez más exigua banda de música.

La discoteca móvil era la aspiración concedida a los pocos jóvenes que quedaban en el pueblo. La mayoría habían emigrado hacía tiempo a la ciudad, aunque con motivo de las fiestas se dejaban caer por el pueblo con todas sus crías; algunos con un haiga, para impresionar, en plan Vente a Alemania, Pepe.

Pero, sin lugar a dudas, lo más importante era la paella. Reunía a más de dos mil personas, pues era el día que aprovechaban los hijos para pasarse por el pueblo y casualmente para visitar a sus parientes los que residían en pueblos aledaños. Era muy curioso, verán: la paella era gratuita, pues la pagaba el ayuntamiento, por supuesto, con los impuestos municipales que los vecinos religiosamente pagaban, con lo que dejaba de ser realmente gratuita. Pero en el imaginairo popular era gratis. Y si es gratis, todo para dentro, aunque uno reviente. Así era como habitantes del pueblo, hijos emigrados, parientes y amigos de los pueblos cercanos, todos, todos absolutamente, aparecían con su silla de enea en la campa próxima al cementerio, en donde era servida la paella en platos de plástico sobre sencillos tableros sobre caballetes y manteles de papel, en los que se reservaban los sitios, simplemente escribiendo el nombre del vecino sobre el mantel. El encargado de elaborar la paella era Ambrosio, que había hecho la mili en Bétera. Fiel discípulo de sus maestros en este menester, se oponía año tras año a la insistencia de sus paisanos y se negaba a añadir aceitunas y huevo duro a la paella, pues decía, con muy buen criterio y conocimiento de causa, que con eso pasaba de ser paella a arroz con cosas. Y así, entre granos de arroz, trocitos de pollo y algo de verdura, cerveza de barril y moscas, pasaba el mediodía y la paella, los oídos atronados con la música de la discoteca móvil; niños corriendo entre las mesas, tropezando con las sillas, madres con un bombo y un niño de escasos meses en un carrito que mecían atrás y adelante, … Casi a media tarde empezaba la sección copas, propuestas por los pocos jóvenes y siguiendo las indicaciones de los capitalinos se despachaban sus buenos lingotazos de coñá con hielo, gin tonics diversos y, ya que estaban al aire libre y la leyes restrictivas de los advenedizos no eran aplicables, se encendían los farias.

Al final la fiesta lo era para los encargados del chiringuito aleadaño al lugar de la paella, que con la excusa de la paella, agotaban todas las reservas de refrescos, colas, tintos, cervezas y alcoholes, haciendo así su agosto una semana antes de que realmente comenzase.

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