El cargo

Al menos hasta donde yo sé, el acceso a los cargos académicos de tipo personal o colectivo es voluntario. Con una diferencia: en el primer caso es una opción de uno mismo y en el segundo es, habitualmente, como representante de un colectivo (aunque incluso en este caso uno tiene que haberse propuesto o haber sido propuesto, y aceptar, para ello). Vamos a hablar un poco de los primeros, de los segundos ya lo hice aquí hace algún tiempo.

Usted opta a ocupar un cargo unipersonal académico. Lo hace voluntariamente. Luego, si es usted elegido, usted propone a varias personas para que le “acompañen en su singladura” en calidad de “vices” o “subs”. Hasta aquí todo correcto.

Lo raro, al menos para mí, es cuando me encuentro a uno de éstos, bien sea al primus inter pares o alguno de sus “subs” y se queja de la carga que el cargo le supone. Dos ejemplos:

Ejemplo 1. Un amigo y yo nos encontramos a uno de estos subs a la semana de resultar elegido (bueno, nombrado). Mi amigo le felicitó (yo no lo conocía personalmente y me abstuve de participar en la conversación; tampoco hubo presentaciones formales) y le recordó una cita pendiente, a lo que el flamante y reciente cargo contestó: “¡Uf! Tendrás que esperar un poco, porque ¡con lo que me ha caído!”. Y yo digo ¿qué te ha caído? ¿Lo que tú has elegido libremente? ¿O es que te han forzado con amenazas y chantajes o con una pistola en el pecho para que aceptases el cargo (según tú, la carga)?

Ejemplo 2. A uno de estos personajes me lo encuentro camino de su egregio despacho. La conversación (ha habido varias, pero todas del mismo tenor) es más o menos así: “¿Qué tal estás?”, “Bien me voy para allá, a ver qué es lo que me encuentro, aunque a mí lo que realmente me gusta es el aula” Y le digo: “Dimite”. A fin de cuentas, no hay que olvidar que para un profesor universitario el aula es obligatoria; le gestión es opcional. Pero lo que obtengo es una cara de sorpresa descomunal. Y sigo: “Es muy fácil: un escrito en el Registro General y, por deferencia, una conversación con el capo dei capi“. Simplemente perplejidad sigue siendo lo que veo.

Porque, vamos a ver: ¿Para que se opta a estos cargos? ¿Por altruismo? ¿Por mesianismo? ¿Por la paga? ¿Por el poder que conlleva (y a veces mal usado, para satisfacer venganzas personales)? ¿Para tener los tan ansiados “méritos de gestión” para alcanzar una valoración positiva por parte de la ANECA? Me consta que en muchos casos (no me consta para los dos ejemplos verídicos descritos) es para esto último. Pero en tal caso, ¿por qué no se deja el cargo una vez reconocido ese mérito? ¿Por altruismo? ¿Por mesianismo? ¿Por la paga? ¿Por el poder? ¿O es porque nos hemos aficionado a salir en la foto y dejarnos ver en actos protocolarios, cuchipandas, festejos y fotocols de diverso pelaje? No olviden que hay algunas personas que viven para esto.

Sinceramente, no tengo respuesta, aunque quizá sea todo una mezcla de lo anterior (salvo, probablemente, el altruismo), a lo que hay que sumar lo que puede caer después de dejar el cargo; no ya, en este entorno, un sillón en el Consejo de Administración de alguna multinacional o compañía de energía eléctrica, sino otros igual o más sabrosones y que te permitirán seguir haciendo lo que te interesa: figurar, controlar y quererte mucho a tí mismo.

Pero, insisto: has accedido libremente, no te quejes del trabajo que te lleva. Y si no puedes con él, dimite. Así de sencillo. Es muy probable que tus súbditos te lo agradezcan eternamente.

 

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