El engaño

Parafraseando a la Biblia, que tire la primera piedra el que en su vida no haya engañado. Engañamos para muchas cosas, habitualmente para beneficiarnos y, por supuesto, para conseguir nuestros objetivos.

Hay situaciones muy simples; de hecho, en la tauromaquia se denomina engaño al capote o muleta que el torero utiliza para engañar al toro, evitar la embestida y llevarlo a los terrenos del nueve. ¿No colocan un caballo como señuelo para poder castigar al toro con una pica?

En otras ocasiones la situación es más compleja y hay que ser más sutil o expeditivo; diseñamos procedimientos que aparentan una cosa, cuando en realidad son otra y no es habitualmente hasta que el procedimiento ha finalizado, cuando nos damos cuenta del engaño; es el momento en el cual la sutileza del engañador desaparece y cae como una máscara rota y nosotros, dolidos en nuestra buena fe, nos quedamos con un palmo de narices.

Me contaron una vez, no sé si será cierto, que cierto constructor-promotor (hoy le llamarían emprendedor) quería construir unos edificios en unos terrenos en los que era completamente imposible (pegaditos a un río, se inundaban a la mínima crecida). ¿Qué hizo? Pues una propuesta con esos edificios y otro en el mismísimo cauce del río. Cuando lo sometió a aprobación, los técnicos encargados de evaluar la propuesta se llevaron las manos a la cabeza y le dijeron que de ninguna manera podía autorizarse la construcción en medio del cauce del río; aceptó, cabizbajo, aparentemente compungido y preguntó “¿Y el resto de la propuesta?” Los otros, envalentonados por su perspicacia (¡nos quería colar un edificio en medio del río!), le respondieron “Para el resto no hay problema”; ni siquiera se habían fijado en el resto del proyecto, cegados por el absurdo del edificio en medio del río. Y de esa manera consiguió nuestro amigo lo que quería, construir junto al río, en la zona inundable; nunca había sido su intención, por supuesto, construir en medio del río.

Mirando este fin de semana unas fotografías en blanco y negro lo he recordado. ¿O es que creen ustedes que todos los niños hacen la primera comunión por las implicaciones religiosas o de fe que ello conlleva? Muchos lo hacen y así lo declaran cuando se les pregunta, por el regalo (antiguamente el reloj de pulsera; hoy en día la play o la nintendo de turno) que acompaña a la comunión: queriendo conseguir lo segundo, claudican en aceptar lo primero (me refiero al orden temporal, no a la importancia) para así conseguir lo segundo. Y aparecen igualmente gozosos con recogimiento en la primera parte de la historia y con alborozo y comiéndose el mundo en la segunda, cuando reciben de manos de sus padrinos, la deseada nintendo (o lo que sea, estoy desentrenado de estos asuntos). Al mismo tiempo, los otros parientes, tíos, tías, abuelos, abuelas y demás compañeros mártires, junto con algún cuñado que no puede faltar, comentarán satisfechos sobre lo bonita que había resultado la ceremonia, la sentida homilía que el celebrante había soltado y lo bien que lo habían pasado todos, al aprovechar esta oportunidad para juntarse familiares que, por esas cosas raras que la vida tiene, no se juntan a comer y beber (pues, en el fondo, de eso se trata, junto con criticar, aunque sea lo justo nada más) desde hace mucho tiempo. En principio la razón de la reunión era la celebración religiosa y en definitiva fue la celebración gastronómica.

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