El muro

Aunque nunca me he dedicado en gran medida al deporte, hubo un tiempo en el que jugué al frontón (a mano) y otra época en la que le dí al squash. Como ya saben, en ambos se trata de un juego parecido; copio la definición de squash que da el DRAE: “Juego entre dos personas o dos parejas, que se practica en una pista cerrada y que consiste en golpear con una raqueta de mango largo una pelota de goma con el objetivo de que, tras rebotar ésta* en la pared frontal, el adversario no acierte a devolverla”. Hasta cierto punto parecido es el juego del trinquete, muy popular en Valencia.

Una pared. Usted lanza una pelota contra la misma y rebota. La pared no sufre ningún daño (su mano, en los juegos sin raqueta ni pala, sí; incluso alguna rozadura si tiene que golpear la pelota muy ajustado a la pared lateral) y se queda tal cual, incólume, tras el impacto de la pelota, tras incluso varios miles de golpes, tras generaciones y generaciones de estudiantes en el instituto jugando al frontón.

La pared no siente el golpe, no absorbe nada de lo que recibe, simplemente lo rebota. Dependiendo de la elasticidad de la pelota, se pueden plantear diversos ejercicios de Física, pero no voy a llegar hasta ahí. La pelota rebota y la pared ni se entera de que ha recibido el golpe, no lo acusa ni se modifica por el golpe, sigue tal cual por los siglos de los siglos (amén).

¿Sólo la pared? No. Seguro que usted conoce a algunas (varias o incluso muchas) personas cuyo comportamiento recuerda al del frontón en los juegos citados. Y no me refiero a los moáis, de los que ya tuve ocasión de hablar aquí. Me refiero a interlocutores a los que usted, inocentemente, trata de convencer de algo, no sé, un cambio en una metodología, una observación sobre hechos recientes, un “algo”, en definitiva, que usted no considera fútil, sino importante o relevante para las actividades a las que usted y su interlocutor se dedican.

Pero no, ese interlocutor sigue impertérrito, incombustible, insensible a todas sus propuestas y sugerencias. Erre que erre, seguirá mirando al infinito, apretará los labios, cerrará levemente los ojos y no se molestará en decir ni que sí ni que no; no se molestará siquiera en tratar de rebatir sus argumentos; simplemente seguirá con su marcha, su ¿idea?, su … Imbuido de la verdad absoluta ignorará todo lo que usted le diga. Sus (de usted) palabras, cual pelota del juego de frontón, llegarán a ese frontón y rebotarán, el muro no se enterará, pero su (la de usted) mano se sentirá dolorida cuando golpee de nuevo, con redoblada furia, la pelota, incluso aun sabiendo que no va a servir para nada. Hasta que usted resulte completamente agotado y, cansado, hundido, completamente sudado, con la mano hinchada y enrojecida y un par de raspones en los nudillos, decida dejarlo por imposible, esperando que algún fenómeno natural o no, un terremoto, un tsunami, una recalificación de los terrenos en donde está el frontón, den con éste en el suelo y, quizá, otro de un material igual de duro, pero poroso, absorbente en cierta medida, se utilice, ahora, para construir un nuevo frontón en donde pueda usted seguir jugando. Eso sí, habrá que repasar la Física que uno estudió en su momento para ver cómo ese previsible cambio en la elasticidad del material pueda afectar al juego.

Pero preste mucha atención a lo que escoge para construir ese nuevo muro: los materiales también envejecen y sus propiedades elásticas y absorbentes pueden cambiar (a peor, claro).

 

*La tilde es mía, sigo con la antigua Ortografía.

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