Repartir la piel del oso …

Hace unos días escrbía yo aquí sobre qué pueden sentir o esperar o temerse las personas que se jubilan y las de su entorno familiar y profesional. Hoy quiero hablarles (escribirles) sobre unos aspectos que en aquel “post” quizá no cuadraban, pero con los que me he encontrado en fechas recientes.

Al igual que todo el mundo cuando llega a cierta edad, me voy a jubilar. No voy a tardar tanto como algunos se temen, ni tan poco como otros desean, pero estoy firmemente decidido a hacerlo antes de alcanzar la edad máxima que la ley me permite. Me voy a jubilar, escogiendo yo sólo la fecha, ya que no hice lo suficiente como (y NUNCA dejaré de lamentarlo) para poder escoger también el lugar.

Así se lo he dicho a algunas personas de mi entorno. Y la respuesta ha sido sorprendente en algunas ocasiones: Algunos ya me han pedido heredar el ordenador que utilizo (aunque quizá esté ya obsoleto cuando yo me jubile, dado lo rápidamente que evolucionan estos equipos), otros ya se han adueñado de estanterías que he dejado vacías, a otros los he visto ávidos mirando los libros que tengo (todos libros profesionales) e incluso alguno, al decirle que estoy actualizando algunos de mis temas de trabajo (lecciones que imparto y que espero seguir impartiendo hasta mi jubilación) me ha dicho “¡Uy, que bien! Así, cuando nos los pases al jubilarte no tendremos que actualizarlos nosotros”. Hay quien me ha pedido los “clips” que unían papeles que estoy destruyendo y tirando. Sin comentarios (¿para qué?).

Y eso que estoy en plena fase revisionista, revisando todo lo que tengo en mi despacho profesional (libros, carpetas, apuntes, fichas, esquemas, disquetes, CDs, etc.) y me estoy deshaciendo de todo aquéllo que positivamente sé que ya no voy a necesitar de aquí a mi jubilación, bien porque se trate de temas sobre los que ya no trabajo o bien porque sean temas que ya no me interesan (desgraciadamente, a veces uno tiene que trabajar sobre temas que no le interesan, no crean); algunos no los destruyo, sino que se los paso a compañeros que entiendo les pueden interesar pues así de egoísta soy: sólo reparto aquéllo que ya no me interesa (ya lo dijo Alejandro Sanz “dar solamente aquéllo que te sobra nunca fue compartir, sino dar limosna, amor”). Ellos son tan cariñosos conmigo que me agradecen muy sentidamente la donación, aunque no me extrañaría que alguno, al darme la vuelta, corra al contenedor de papel para tirar aquéllo que yo le he dado. Sinceramente, no me hubiese enfadado si me hubiesen dicho que no les interesaba y podía yo haberlo tirado directamente ahorrándoles el trabajo, pero así es; estoy rodeado de gente maravillosa, cariñosa y atenta que intentan con todos sus medios no ser malos conmigo.

Aun no he terminado; como tengo tiempo me lo estoy tomando con calma, revisando cada día un par de cajas y guardando, de momento, algunas cosas que aun no sé qué hacer con ellas, aunque lo más seguro es que terminen en el contenedor en la segunda vuelta de revisión.

Así, mis queridos amigos, que ya lo saben: guarden, guarden todo lo que puedan, actúen como Diógenes y no tiren nada. Siempre encontrarán ustedes personas que agradecerán que usted les deje algo en herencia, pero que es muy posible que le hagan ascos a la herencia si no está limpia y resplandece con esplendor.

 

P.S.: Sí, soy yo quien está repartiendo mi propia piel.

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