La magia y el toreo

Fíjense que el título es “la magia y el toreo” y no “la magia del toreo”, es decir, ambos sustantivos se hallan unidos por una conjunción copulativa y no por una preposición; no voy a estabecer ningun relación de dependencia entre ambos.

En la magia (quizá los más ancianos recuerden aquellos micro-programas de televisión titulados Las manos mágicas) se pretende producir resultados contrarios a las leyes naturales. Habitualmente el mago nos plantea una acción y distrayendo de alguna manera nuestra atención, introduce efectos aparentemente sobrenaturales, “mágicos”, desde extraer de una baraja una carta prefijada, hasta sacar conejos de una chistera o una interminable hilera de pañuelos atados de su boca; incluso cosas más sorprendentes, como serrar a una persona en dos mitades, atravesar con varios espadones una caja en donde hay encerrada  otra persona, etc. Pero en todos los casos, si aceptamos que TODO es explicable por leyes naturales (aunque algunas todavía no las conozcamos), el truco consiste en desviar la atención del espectados en el momento oportuno, haciéndola fijar sobre algo anodino e irrelevante, para, como se dice, sacarse un as de la manga.

¿Tan diferente del toreo? Creo que no, aunque desde luego la situación es totalmente distinta, pues mientras que el  mago se arriesga como mucho al cabreo del respetable, el torero se juega, además, la vida. Además de eso (que no es poco), el torero se dedica a dar vueltas alrededor del toro (o a que éste las dé alrededor suyo) con el capote y la muleta; se aproxima al toro enfundado en esa segunda piel tabaco y oro y cuando el toro se acerca, le pone delante de las narices el trapo para alejar el peligro. Y, fíjense, en la suerte de matar el torero deja quieta la muleta parcialmente apoyada sobre el albero, para que el toro se fije en ella y humille, y así pueda aquél entrar a matar con más posibilidades de éxito. Es decir, distrae al toro con algo (la muleta) para conseguir otra cosa (matarlo).

Hay situaciones en la vida en las que algunas personas se comportan como magos, como maestros del toreo, haciéndonos ver una cosa para distraer nuestra atención y que no veamos lo que realmente está ocurriendo. No me estoy refiriendo, precisamente, al monstruo del lago Ness, Gibraltar y otros trucos de los que echan mano los políticos y los periodistas para distraernos o entretenernos cuando no tienen nada que contar o cuando no quieren contarnos lo que realmente les preocupa e importa. Situaciones más cotidianas, en las que la labor de estos artistas consigue desorientarnos y creer aquéllo que no es.

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