Siete de enero

No, no me he equivocado con la fecha; de hecho, escribo esto el 31 de agosto. Pero ambas fechas comparten una cualidad: representan el final de un periodo vacacional para el mundo de la enseñanza. Es el día de recordar que se nos ha olvidado preparar la redacción para Lengua sobre qué hemos hecho este verano (o estas navidades), acabar el cuaderno de matemáticas y leer alguno de esos rollos infumables que nos “recomienda” algún profesor.

Pero en mi caso este verano no ha sido así. Por razones que no vienen a cuento, pero perfectamente explicables y legales, son exactamente dos meses desde que no he pisado mi lugar de trabajo. En este tiempo me he levantado sin prisas, no al toque de despertador, sino cuando me ha dado la gana. He desayunado tranquilamente, tostadas incluidas, y no un té y media docena de galletas engullidas, al tiempo que leía los titulares de prensa en la “tableta”; titulares que luego, sin prisas, ampliaba en sus contenidos a lo largo del día. He disfrutado tomando el sol, paseando, he ido a la compra sin el agobio de la compra semanal en el fin de semana, he ido, en fin, cuando he necesitado algo. He ensayado nuevas recetas de cocina. He cenado con amigos y he charlado con muchos de ellos, tanto  tomando unas cañas en algún jardín, como por teléfono. También he recuperado el contacto con algunos familiares lejanos y he tratado de mantener el contacto con otros amigos, especialmente en sus cumpleaños. También he reencontrado viejos achaques y he descubierto alguno nuevo, lo que me ha obligado a dedicar varias horas al médico y he caminado hasta la farmacia a recoger mi provisión de venenos. He disfrutado con la familia, me he bañado en la piscina. Durante una semana he estado  todavía más “vacacionado” en otro lugar. He visionado antiguas series de televisión y he disfrutado con alguna no muy novedosa, pero que había pasado por alto; no me perdí los encierros de los sanfermines (únicos días en los que he madrugado). Me he acostado pronto y he disfrutado del descanso. No ha faltado, muy de tarde en tarde, algún vistazo al correo electrónico. Y así he pasado el día y los días se han convertido en semanas y las semanas han resultado dos meses. No me he aburrido, no señor. Incluso me ha faltado tiempo para quedar con amigos a los que quiero mucho. Salvo visitar obras, creo que ha sido un buen entrenamiento para mi cada vez más próxima jubilación.

Así que, si ese buen amigo que está muy preocupado porque no sabe qué es lo que va a hacer dentro de un año cuando se jubile lee esta página, como hace a veces, que sepa que no tiene de qué preocuparse, pues él tiene además la ventaja, sobre mí, de que le gusta el fútbol y jugar a las cartas (echar la partida, como él dice), por lo que le aseguro que no va a tener ocasión de aburrirse, a pesar de estar jubilado.

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