De aquí a la nada

Poco antes de las recientes vacaciones estuve comiendo con Rafa, un compañero mío de estudios. Realizamos la tesis en el mismo Departamento y cuando terminamos, él se desplazó a una universidad al Norte, en donde alcanzó una posición estable. Ahora ya está jubilado, pues su universidad es de las que mantiene incentivos a la jubilación anticipada para renovar la plantilla. Nos vemos en pocas ocasiones y esta vez, camino de la ciudad en la que estudiamos para visitar a sus padres por navidad, como El Almendro, se detuvo en mi casa y pasamos juntos varias horas, contándonos nuestras vidas.

Sinceramente, ha tenido mucha suerte (que no niega, pero que es consecuencia de mucho trabajo constante por su parte) y al poco de llegar a su universidad ya le estaban proponiendo encargarse de aspectos de investigación o de otras parcelas administrativas. Casi nunca quiso. Ha conseguido una buena fama como investigador y como docente, nuevas que me han llegado por amigos y conocidos comunes. Cuando se lo comenté, me dijo (esta vez sin sorna ni sarcasmo): “No te creas. En mi caso y en esa universidad se cumplía aquéllo de En el país de los ciegos el tuerto es rey. Me he encontrado rodeado de gente en su inmensa mayoría poco trabajadora, acomodaticia, contenta consigo misma, falta de ambiciones (aparte de asegurarse los garbanzos) y sobrada de envidia”.

“En nuestra profesión – continuó – ya sabes que a menos que lo hagas rematadamente mal o no concurras a las clases, nadie se queja de tu docencia; menos, incluso, si das aprobado general – cosa que nunca he hecho – y “colegueas” con los alumnos. Y, no nos engañemos, la investigación que hacemos es irrelevante, al no existir una verdadera política científica a ningún nivel administrativo. Investigamos en aquéllo que nos da la gana, sea o no interesante, sea o no útil, sólo para satisfacer nuestro ego y sólo hasta que produce su beneficio y nos asegura una plaza de profesor titular o de catedrático, según la ambición de cada uno. A partir de ahí poco o incluso nada. Salvo algunos, muy pocos, pero ni media docena, no creas.”

“A pesar de lo que puedas oíir o de lo que te puedan haber dicho, me he esforzado muy poco, casi nada; ni sombra de lo que hacíamos durante nuestras tesis, ni por innovación, ni por interés, ni por nada de nada; si el nivel de dedicación e interés que he aplicado lo hubiese aplicado en nuestra antigua universidad, ni de coña hubiese acabado siquiera la tesis; me hubiesen echado y con razón”.

Le comenté que no fuese tan negativo, que la que había sido su universidad aparecía continuamente en los medios por diversas razones, pero me contestó: “Desengáñate. Todo mentira, todo pantalla. Tiene alguna fama en campos muy diferentes a los nuestros (fama local, que no traspasa los Pirineos), lo que ocurre es que en una ciudad pequeña y provinciana en la que no pasa nada, cualquier cosa parece importante. Ciertamente, es relevante desde el punto de vista económico para la ciudad, pero, salvo eso, si la cerrasen no se notaría en otros aspectos. Recuerda lo que nos decía José Manuel: en este país hay universidades porque da prestigio que las haya, pero si las cerrasen no pasaría absolutamente nada”.

Me confesó que decidió pasar de todo y por eso se ha acogido al plan de jubilación anticipada. Nadie parece interesado en recoger su testigo, pues, me dijo, “casi todo el mundo es lo suficientemente soberbio como para creer que lo que han conseguido ha sido exclusivamente por sus propios méritos; parece que no recuerdan el limbo apático en que se encontraban antes de mi llegada (como ven, también mi amigo tiene su puntito de soberbia). Y, repito, no es que hayan hecho mucho – sí mucho menos de lo que podrían haber hecho si hubiesen confiado en mí más allá de para su propio beneficio -, pero no estaban dispuestos a hacer nada más de lo que han hecho sólo para “funcionarizarse”. Y si a ellos, que han mamado esa ciudad y esa universidad desde antes de echar los dientes, les daba igual, ¡imagínate a mí! Aunque”, prosiguió, “por lo que me dice Alfredo, en nuestra universidad las cosas parece que van por el mismo camino, lo que me hace  pensar que todo es un problema de desencanto y desilusión bastante generalizado”.

Ahí lo dejamos. Espero verle pronto y le deseo, muy sinceramente, que su apatía y negacionismo no terminen por anular su habitual alegría, aunque cada vez estoy más convencido de que esa alegría no es más que la fachada tras la que se esconde para no llorar.

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Una respuesta a De aquí a la nada

  1. clavileño dijo:

    en resumen: entre todos la mataron y ella sola se murió

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