El toldo

Al pasar por enfrente del edificio lo vio y no lo creía. Se trataba de un edificio imponente, macizo, a medio camino entre el edificio España de Madrid  y esos edificios moscovitas de la época stalinista; todo un símbolo. Con pocos adornos, de líneas sencillas, aunque con  algún angelito de esos que frecuentemente aparecen en las pinturas de Murillo. A destacar, sin embargo, la bonita hiedra que cubría parte del centro de la fachada, sobre la entrada, y que era mimada y recortada frecuentemente por los jardineros encargados.

Pues bien, en el extremo izquierdo de la planta baja había un toldo. Sí, un toldo. No un toldo de esos a rayas amarillas y blancas o amarillas y marrones que tanto problema crean en las comunidades de vecinos por aquéllo de la estética y la homogeneidad de la misma, sino un toldo aparentemente camuflado, casi del mismo color rosa palo que la propia fachada. Había pasado por allí mismo tres (¿o cuatro?) semanas antes y el dichoso toldo no estaba, aunque, pensándolo bien, quizá quedaba algo camuflado por esa similitud cromática y no había reparado en el mismo. Había pasado al atardecer y quizá la poca luz del momento no le permitió verlo con claridad, pero era indudable que ahí estaba.

Horrible. Infame. Inadecuado. Absolutamente fuera de lugar. Inaceptable. Esa fachada no podía adornarse con cosas como ésa. Ni con la excusa de proteger los escaparates del sol (pues nunca estaban expuestos al sol directo) se podía justificar dicho esperpento. Lo malo es que vio también (detuvo el automóvil para fijarse bien) algunos andamios junto al maldito toldo, por lo que se imaginó que era toda la planta baja de la fachada la que iba a ser cubierta con toldos en poco tiempo. Le chocaba, además, la forma del toldo: no era de esos (ahora podía fijarse bien) cuya superficie bajaba, desde la pared, en una suave pendiente, sino que caía prácticamente vertical, como escondiendo la fachada.

No; indudablemente no lo podía permitir, pero no estaba en su mano el evitarlo. Le molestaba enormemente a la vista (cada uno tiene sus manías, ¿no?) y paradójicamente, mientras que no tenía objeción alguna para el edificio en sí, le gustaba, sinceramente, el toldo le parecía viejo, trasnochado, fuera de lugar.

No le gustaba el toldo, no le gustaba la perspectiva de un toldo en todos los bajos del edificio, pero no podía evitar que, lamentablemente, lo instalasen. Por tanto, tomó la única decisión que le cabía: alterar su ruta diaria al trabajo para evitar esa calle, esa plaza, esa acera. Era, sí, una claudicación, pero no veía otra solución; no se veía montando una mesa en la acera, en plan mesa petitoria gritando “¡no al toldo!” De esa manera, aunque sabía que el toldo estaría ahí, no lo vería nunca; quizá con el tiempo olvidase el toldo y siempre podría mantener el recuerdo del edificio en toda su contundente hermosura.

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Una respuesta a El toldo

  1. clavileño dijo:

    ¿y si has de pasar imperativamente por esa calle?

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