Las Fallas

Cuando escribo esta crónica estamos en plena temporada fallera, disfrutando de esta microprimavera anticipada y que me temo terminará abruptamente en un par de días.

Entre los primeros recuerdos que tengo de mi infancia están las fallas. No la crema (como lo pronuncian ahora algunos locutores de TV), ni la cremá (así sí, aguda la palabra), pues en donde yo vivía no se montaban fallas y yo las disfrutaba en el pueblo de mis abuelos; pero al día siguiente de la cremá había que volver a la escuela y no nos quedábamos hasta tan tarde como para ver el acto final, renovador y purificador de la fiesta.

Y, según todas las historias que se contaban entonces (ahora se les llama leyendas urbanas), ya al día siguiente de la cremá, las comisiones falleras comenzaban los preparativos, a más de 350 días vista, de los actos para el año siguiente: presupuesto, tema de la falla, artista fallero, reina mayor y corte de honor (supongo que lo cambiarán ahora para no resultar sexista), en fin, todo lo que requiere organizar una cosa de envergadura como las fallas. Por cierto, me extraña que a ningún alcalde salmantino se le haya ocurrido organizarlas en la capital charra, como hace algunos años montaban una peculiar Feria de Abril con casetas en la Avenida de Portugal, aunque no sé si algún pureta del lenguaje, sea obispo o no, se ofendería si los falleros charros hablasen en catalán (o valenciano, según se mire).

Y este recuerdo me ha llevado a darme cuenta que ese comportamiento tipo Ave Fénix no es único ni casual, pues se da en muchos otros aspectos de la vida: volvemos de la compra semanal y ya apuntamos en una lisita algo que se nos ha olvidado, ya para la compra de la semana siguiente; terminamos de fregar los platos del desayuno y ya estamos ensuciando otros para preparar la comida. Y (aquí voy) terminan unas elecciones y tanto el ganador como los perdedores (aunque según las declaraciones que se emiten en la misma noche electoral, todos los partidos han ganado siempre las elecciones), al día siguiente comienzan a preparar las siguientes elecciones, que no se celebrarán, habitualmente, hasta el cabo de cuatro años.

Pero da igual: si se trata de partidos políticos, empiezan a rodar (pocas veces) cabezas para luego elegir o designar al próximo candidato; comienzan las declaraciones que ni ellos mismos se creen sobre lo mal que lo está haciendo el recién elegido (¡no lleva ni siquiera 24 horas como electo!), apariciones en televisión (tertulias, programas del corazón, informativos, …), asistencia a diversos eventos en los que haya foto (esto es esencial) desde la gala de los Goya hasta los carnavales de Cádiz, etc.

Y lo mismo ocurre en aquellos grupos, sociedades, tribus o colectivos en los que no hay a priori, grupos definidos: se comienzan a perfilar candidatos para convertirse en primum (o primainter pares. Para éstos no existe ningún tipo de hiberna hibernorum en los que descansar, pues son incansables, dentro de su buen propósito e intenciones (quiero creer) de ofrecernos lo mejor y dejarse la piel por nosotros.

Y, la verdad, uno (al menos yo) está un poco cansado de este contínuo sin vivir y sobresalto, en el que cada uno de los precandidatos (así se les llama, pues al no haberse convocado formalmente nada, no pueden ser candidatos a nada) hace lo que considera oportuno para convencerte de la bondad de sus ideas; si está en disposición de, puede incluso recurrir al reparto de gabelas (3ª acepción del DLE), canonjías y sinecuras. Van dejando caer como quien no quiere la cosa los nombres de aquellas personas en las que confían para encargarles parcelas del ímprobo trabajo que se les avecina, lo cual (vistos estos nombres) puede resultar positivo, pero a veces negativo.

Por favor: que se ciñan al periodo e-lec-to-ral y no antes; y no estoy abogando por un sistema no electivo de estas personas que, en definitiva, son las que han de regir nuestros destinos en distintos ámbitos, pero se les debería atar en corto para que no estén todo el santo año machacando y bombardeando (dando el coñazo, vamos), con sus felices ideas, algunas de las cuales parecen consecuencia del magín del profesor Franz de Copenhague.

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2 respuestas a Las Fallas

  1. rick2sam dijo:

    Pues porque si “falla” y “antorcha” resultan equivalentes a través del catalán, ambas serán igualmente válidas.

  2. Josemaria dijo:

    Pero ¿porqué “falla”? Pues, según el DRAE (El libro gordo…): “Del cat. falla, y este del lat. facŭla ‘antorcha’.”. O sea, del latín para antorcha.

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