La convención de papagayos

Próximo el solsticio de verano, los papagayos (psittacoidea) celebran su convención anual. Con sus plumajes renovados, multicoloreados y relucientes, fruto en ocasiones de pacientes horas de peluquería y afeites varios, acuden puntualmente, como engolados peregrinos, a la reunión que todos esperaban y a la que alegremente acuden.

Siguen unas reglas ancestrales, grabadas a fuego en su ADN, de modo que mantienen y respetan las distintas etapas y ciclos de la reunión. Por ejemplo, no todos acuden cada año, sino que sólo lo hacen en una secuencia periódica con pasos no regulares o idénticos, algo parecido a las puntuaciones en el tenis: 15, 30, 40 y juego, con las alternativas de deuce y ventaja.

Es tan complejo el protocolo, que existe una serie de papagayos encargados de organizar todo el evento y estos puestos y honores, habitualmente, no se aplican rotatoriamente entre los participantes (como podría ser la presidencia de una comunidad de vecinos), sino que es ese pequeño grupo el que lo organiza siempre, hasta el momento en que desaparecen, habitualmente por causas naturales; se sabe de algunos de estos papagayos-maestros de ceremonias (aunque los puestos no están restringidos a los machos, ¡válgame el cielo!)  que han alcanzado cotas orgásmicas cósmicas organizando estos eventos, de los que luego se vanaglorian en sus posteriores encuentros y son asimismo alabados por su capacidad organizativa por los otros papagayos. En todo caso, la incorporación de nuevos papagayos a ese reducido sanedrín siempre va en la dirección de dar más lustre, tronío y proyección mediática de los fastos anuales, al tiempo que permiten a los nuevos incorporados el aumentar su imagen pública y ganar posiciones en el mundo papagáyico.

La reunión se celebra en lo que se considera el origen de su logia, su alma mater si se tratase de humanos, a donde acuden la noche anterior al inicio de los fastos; se reencuentran, se saludan con sus picos, evitando (de momento) los arañazos con sus afiladas uñas (eso ya vendrá después, en reducidos grupos) y despliegan sus vistosas plumas de colores. Al día siguiente son convocados a rendir tributo a los papagayos perecidos que ya no pueden acudir a tan magno evento y también hacen libaciones para el sacrificio y presentan ofrendas a sus mayores. Posteriormente se reunen en grupos más reducidos, habitualmente por razones de sus plumajes que denotan su origen, para interaccionar basándose en sus viejos recuerdos y, a veces con escaso disimulo, fijarse en los efectos de los años sobre los otros partícipes. Suele ser común que a estas alturas, ya convertidos en agapornis, las veladas puedan parecer un poco aburridas, muy lejos de aquellos sueños (mayoritariamente incumplidos) que muchos tuvieron en su juventud, aunque puede haber algún roce furtivo de picos, aleteos cómplices, en fin, recordando  lo que pudo haber sido y no fue. Sin embargo, es bastante común que tras finalizar las reuniones y quedar emplazados para la próxima (cuando les toque y sabiendo que quizá algunos, pocos o muchos, ya no podrán asistir por simples razones biológicas), en el retorno a sus lugares de origen, comience la parte malsanamente más divertida y gamberra de todo el evento: éste les ha permitido volver a ver a sus compadres y amigos y ahora pueden comentar la torpeza física de algunos y su escasamente  poco ágil caminar, la desaparición de los coloridos plumajes de otros (aunque hoy en día pueden recurrir a trucos fáciles para disimularlo), etc., hechos que son comentados, repetidos y recordados insistentemente hasta la saciedad; mirándose en las tranquilas aguas de un estanque comprueban (o quieren o creeen comprobar) que ellos no han alcanzado tales niveles de decrepitud, aunque un observador externo podría comprobar que todos andan con los mismos males.

Y ahí los tienen, viviendo en sus recuerdos, que transmiten a sus cachorros al llegar a su hábitat, que es lo único que a algunos les queda, aunque no hay que minusvalorarlos (los recuerdos, digo).

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