El descarte

No soy muy adicto a los juegos de cartas, pero llego a alcanzar el significado de esta palabra y los usos que pueda tener. Básicamente corresponde a las cartas “malas” de las que uno se deshace, o la propia acción de deshacerse de ellas. Me entienden, ¿no?

Con mayor o menor consciencia, todos efectuamos descartes (en minúscula, claro) en pocas, varias o en muchas ocasiones. Piénsenlo, por ejemplo, para unas elecciones: salvo los partidarios acérrimos de un candidato determinado, sordos y profundamente escépticos a los razonamientos de los otros, con oídos sólo para su gran timonel, todos realizamos tales descartes. Usted ve los planteamientos de todos los candidatos y la primera conclusión es que ninguno le convence completamente. Salvo absurdos fantasmas alegres (¿Joker?), que también los  hay y que no entienden que su utopía puede ser la distopía de todos los demás, todos los candidatos presentarán algunas propuestas que a usted le convezcan y otras que no. Por supuesto, salvo que usted sea de los entregados sin razones objetivas a una opción determinada, de los que mira embelesado y entregado en un máximo de orgasmo adorador y pleitesía a su líder, usted analizará fríamente todas las propuestas y sopesará para cada candidato las que le convencen y las que no; digamos, como poner en una balanza las cosas positivas en uno de los platos y las negativas en el otro, a pesar de la imposible cuantificación que el proceso conlleva. Aquellos candidatos para los que las segundas pesen más deberán ser, en principio, los primeros descartados y entre aquéllos que no lo hayan sido, o bien usted se decanta simplemente por el más favorable (su primer descarte había sido la abstención, claro), o bien vuelve a realizar un análisis riguroso de las propuestas de los no descartados para volver a sopesarlas.

Supongamos que sigue usted este proceso cíclico de descartes progresivos hasta que se queda sólo con un candidato: ni el óptimo, ni el mejor, simplemente el menos malo. Lo vota y resulta elegido.

Entonces llega la parte más ardua: que ese candidato cumpla con aquéllo que había prometido. Por supuesto, usted es consciente de que, como los programas de los otros candidatos, el suyo también prometía imposibles, sueños de campaña, podríamos denominarlos; inalcanzables e irrealizables, pero incluidos en el programa, en fin, por aquéllo de dejar la puerta abierta a que se aparezca la virgen y podamos llegar a la Arcadia utópica. Y como usted es consciente de que son inalcanzables, no le preocupa que no los cumpla: la herencia recibida, la crisis internacional, la pertinaz sequía, el contubernio judeo-masónico, … se puede recurrir a una infinidad de excusas.

Pero lo realmente preocupante es que se comience a incumplir promesas a todas luces realizables o que se tomen acciones absolutamente negadas en el programa electoral. Eso sí es completamente preocupante y frustrante. Y es lo que le lleva a usted al desencanto.

Estoy plenamente convencido, sin querer ser con ello fatalista, que todo candidato elegido terminará por frustar sus ilusiones (de usted)  y la esperanza con qué (usted) lo votó; a mí me ha ocurrido en todas las ocasiones en que he participado en elecciones dentro de la universidad (aunque en varias ocasiones mi opción fue la abstención). La única duda es cuánto tardará en hacerlo. Cada día que tarde desde el mismo día de su elección deberemos tomarlo como un éxito para él … y para usted y todos los que también lo votaron.

P.S.: Dejaremos para otro día el papel que juegan los miembros del equipo en el proceso de pesar ventajas e inconvenientes sobre los candidatos a los que, por razones de sus compañeros de empresa, usted  va a descartar.

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2 respuestas a El descarte

  1. Pingback: El descarte – 2 | Rick2sam's Blog

  2. clavileño dijo:

    se le han pasado a usted hoy “las miembras que la equipa”

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